miércoles, 6 de marzo de 2013

A Day in the Tate


El pasado sábado tuve la suerte de poder disfrutar de la retrospectiva que la Tate Modern dedica a Lichtenstein, con la tranquilidad que da un private view previo a la apertura de la galería al público. El pago por este privilegio es levantarse muy temprano un sábado gris y frío –cuando lo que apetece es quedarse bajo las mantas- pero merece la pena cuando se puede disfrutar plenamente de cada obra en cada sala, sin un crowd que moleste.

Me gustó que no empezara con el clásico orden cronológico y encontrar en la primera sala sus Brushstrokes. Mucho más significativo para mostrar cómo Lichtenstein retoma la corriente dominante del arte en esos momentos: el expresionismo abstracto. El artista lo lleva a su máximo opuesto: la pincelada controlada y ejecutada desde un punto de vista industrial, casi automático, aunque irónicamente realizada a mano por el propio Lichtenstein. En él, la pincelada ya no es anymore la expresión espontánea y viva de la mano del artista, sino “the depiction of a grand gesture”.

Esta primera sala recoge y ofrece la visión que Lichtenstein tiene del arte y que es fundamental para poder disfrutar del resto de la exposición. Es tan fácil seguir con su Look Mickey o sus obras inspiradas en visual ads, como Sponge; sus sorprendentes obras en blanco y negro; su potente Whaam! (incluyendo el estudio a lápiz); su representación de los clichés de cada rol de género: melodrama y lágrimas para las mujeres, guerra y violencia para los hombres, como en Drowning Girl o Bratatat!; sus paisajes, composiciones geométricas, guiños a la Historia del Arte o a su propia obra… y algo que hasta ese momento no era tan conocido para mí: sus paisajes chinos.

En estos paisajes fascinantes, Lichtenstein ofrece una visión más abstracta de las escenas, incluye hasta 15 diferentes tamaños de puntos para crear gradaciones y suprime los contornos negros, ayudando a sugerir una atmósfera luminosa y delicada, casi espacial.

Y qué mejor forma de digerir toda la exposición que con un café en la terraza con vistas a Saint Paul’s Cathedral y al Millennium Bridge.


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